Los datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) correspondientes a abril reflejan una realidad preocupante para el tejido empresarial español: la creación de nuevas sociedades mercantiles cayó un 2% respecto al mismo mes del año anterior, mientras que las disoluciones se dispararon un 24,9%. En términos prácticos, durante ese mes cerraron una media de 69 empresas al día.
Aunque el número de nuevas empresas sigue siendo superior al de las que desaparecen, la evolución de ambos indicadores invita a la reflexión. El emprendimiento y la actividad empresarial constituyen uno de los principales motores de empleo, innovación y crecimiento económico. Cuando aumentan los cierres y se ralentiza la creación de nuevas iniciativas empresariales, se enciende una señal de alerta sobre la salud del ecosistema productivo.
Especialmente preocupante resulta la situación para autónomos, microempresas y pymes, que representan la inmensa mayoría del tejido empresarial español. Estas organizaciones afrontan un entorno marcado por el incremento de los costes laborales, el encarecimiento de la financiación, la presión regulatoria y una creciente incertidumbre económica. Factores que, en muchos casos, dificultan tanto la puesta en marcha de nuevos proyectos como la supervivencia de negocios ya consolidados.
Los datos muestran además que el comercio encabeza los sectores con más cierres, seguido por la industria y la energía. Se trata de actividades fundamentales para la economía real y para el empleo en numerosas localidades y municipios de nuestro país.
Es cierto que el capital invertido en las nuevas sociedades aumentó más de un 20%, lo que indica que los proyectos que nacen cuentan, en promedio, con una mayor dotación financiera. Sin embargo, esta circunstancia no debería ocultar el problema de fondo: cada vez resulta más complejo emprender y mantener una actividad económica sostenible en determinados sectores.
Desde aELMA consideramos que estos datos deben servir para abrir un debate sobre cómo reforzar la competitividad empresarial. Simplificar trámites, reducir cargas administrativas, favorecer el acceso a la financiación y crear un entorno más favorable para la inversión y el emprendimiento son medidas imprescindibles para fortalecer el tejido productivo.
Porque detrás de cada empresa que cierra no solo desaparece una sociedad mercantil. También se pierden proyectos, inversión, empleo y oportunidades de desarrollo para miles de familias. La fortaleza económica de un país depende, en gran medida, de la capacidad de sus empresas para crecer, innovar y generar riqueza. Y cuando los cierres avanzan más rápido que la creación de nuevas iniciativas, conviene actuar antes de que el problema se convierta en tendencia
Foto: Jesus G. Feria/La Razón

